Arrugué la nariz. Fred separó las solapas de la caja y sacó de ella dos discos de vinilo.
-¿Prince o Elton John?- me preguntó, tendiéndomelos.
Elton John nunca me ha gustado demasiado, así que me decanté por Prince.
-¿Prince?- se sorprendió el muchacho, colocándome el vinilo sobre las palmas de las manos abiertas- Siempre creí que le tendrías más rabia a Elton John.
-¿¡Pero qué haces!?- le grité- ¿Tú no sabes que eso vale una fortuna?
Chascó la lengua. Una sonrisa de medio lado se dibujaba en su rostro, que ya había adquirido su bronceado natural.
-Lo he comprobado- me aseguró-. Ni cincuenta libras en eBay- lo miré con los ojos desorbitados. Él siguió dibujando zetas en el brillante y negro vinilo de Elton John-. Vamos, rómpelo. Es Prince. Hazlo por los trajes horteras y los peinados estrafalarios.
Acaricié el disco con mis dedos. Me pregunté si mi madre habría tenido un tocadiscos también, si habría escuchado singles de Mecano y de Nacha Pop en él. Luego recordé lo poco que la conocía en realidad, lo poco que me había esforzado por hacerlo mientras ella estaba viva y lo poco que me habría importado si su corazón no se hubiese parado.
La orden de mi cerebro llegó a mi brazo mucho antes de haber podido reflexionar sobre ello. Estiré la mano como un resorte, cogí las llaves que Fred sostenía entre sus dedos y las pasé sobre el vinilo. Primero suavemente, luego con más intensidad. Recordé un día en el que me había sentido tan abatida que había intentado rasgarme el antebrazo. Había sido cobarde hasta para eso, pero ya no me importaba. Sujetando con fuerza la llave que abría la verja de entrada, escribí firmemente sobre el disco: <<Todos somos uno>>. Se lo traduje a Fred.
Bienvenido, cielo gris

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