Mi vida tiene un tiempo límite. Bueno, todas lo tienen, pero rara vez nos damos cuenta. Yo lo hice por primera vez poco después de bajar del autobús que me llevaba desde mi casa junto al mar a la cafetería Starbucks, en el centro de la ciudad.
El día era espléndido. El sol brillaba tímidamente desde su lugar en lo alto del cielo y soplaba una leve brisa que revolvía mis cabellos y mi falda de seda. Mi hermosa falda de seda comprada apenas una semana antes y estrenada aquella misma mañana para la que sería mi primera entrevista de trabajo. La misma falda de seda que mostraba mis piernas fuertes y delgadas por las que no dejaban de cuchichear dos muchachos sentados enfrente de mí. A medida que nos acercamos a mi parada, presioné con fuerza el botón rojo de stop y les dirigí una última mirada de desprecio. Luego las puertas se abrieron y caminé desairada- y en el fondo orgullosa- por las anchas calles de la avenida principal.
Al notar una ligera vibración bajo mis pies, estaba segura de que sería debido al largo tiempo que había permanecido en pie dentro del autobús, por lo que mi cuerpo aun no se había habituado a la falta de movimiento. Continué caminando. La vibración se hizo mayor, tuve que agarrarme a un escaparate para mantener la estabilidad. “Será un terremoto, pues” pensé resoplando con molestia. Había olvidado el portafolio con todos los bocetos de mis diseños en Starbucks, así que había tenido que desplazarme desde mi casa hasta el centro de nuevo. “¡Si al menos no tuviese tan mala memoria, habría cogido el terremoto en la tranquilidad de mi habitación y no aquí, en esta situación tan inoportuna!” protesté para mis adentros, repitiendo todos los pasos a seguir en caso de seísmo, tan fehacientemente memorizados desde mi niñez.
(adaptación)
Haiku para un hijo muerto
(Primer premio del XVII Concurso Literario de Camargo)

No hay comentarios:
Publicar un comentario